29 May 2012

DIARIO
Mi vida de gigoló me encanta, pero todavía hoy me sorprende haber desarrollado una profesión como ésta; de las que no salen en la lista de carreras que te dan en el instituto durante las sesiones sobre estudios superiores. El horario de trabajo es genial; los extras, sorprendentes; las jefas, todo un placer trabajar con ellas; pero el sueldo no es para tirar cohetes, y a ver quién es el guapo que solicita una pensión de jubilación cuando tu oficio consiste en saber trabajarte el cuerpo de una mujer. Pero si en algún momento empiezo a arrepentirme por haber intercambiado estabilidad por sexo del bueno, el destino siempre viene a recordarme que, con toda probabilidad, soy uno de los hombres más afortunados del mundo.

La semana pasada, por ejemplo, estaba echando un vistazo al escaparate de una agencia inmobiliaria de lujo en Hampstead, fantaseando con la idea de ser el
propietario de una de aquellas mansiones de un millón de libras en lugar de visitarlas como invitado especial, cuando, entre el anuncio de una propiedad en Dartmouth Park y el de una lujosa casa de campo georgiana, detecté a una mujer guapísima que me miraba desde su imponente mesa de despacho. Y me guiñó un ojo. Un gesto descarado y sugerente que me daba a entender que es el tipo de mujer con la que me encanta trabajar.

Entré en la agencia y antes de sentarme ya sabía que entre nosotros no sólo existía una conexión, sino que, además, era de las de banda ancha. Más que atracción, diría que se trataba de una versión tácita de la ley de la oferta y la demanda. Cualquier atisbo de pensamiento sobre la fragilidad de mi futuro acababa de evaporarse.

Y aquí estoy, tras una intensa semana de sexo salvaje con ella, recorriendo con mis dedos la curva de su espalda. Ella ronronea con suavidad. Sonrío y me acerco
a besarle la nuca. El olor de su cabello recién lavado se mezcla con el aroma decadente del aceite comestible de almizcle que mis expertas manos han masajeado por todo su cuerpo. Me encantan los aceites de masaje comestibles; retirarlos después con la lengua es mucho más sabroso. Doy la vuelta al cuerpazo, sus carísimas mechas se esparcen como un abanico dorado sobre la almohada, y le abro las piernas. Ella gime, un suspiro suave sobre mi piel, mientras empiezo a besarle los pechos, bajando despacio hasta que llego al punto donde comienzan sus ingles brasileñas. La miro y me devuelve la mirada sonriendo. Sujeta mi cabeza con las dos manos y la empuja hacia abajo. Sabe tan dulce como aparenta ser; aunque a veces las apariencias engañan. Diez minutos antes me estaba contando sus fantasías sexuales favoritas con todo lujo de detalles; por eso ahora estoy lamiendo el aceite de masaje de su clítoris mientras ella me ordena, gritando, que más fuerte, que más rápido, que más suave, que a la izquierda... Como veis, no hay problemas de comunicación. En cinco minutos consigo que se corra. Por lo general, intento que la cosa dure unos veinte, pero con órdenes tan precisas es muy difícil no dar en el blanco a la primera. En mi favor diré que hemos pasado las últimas tres horas en la cama y, por cómo ha degustado su primer orgasmo de la tarde (yo por detrás y ella masturbándose en perfecta sincronía con mis movimientos), no me extraña que este clímax final sea como el café que te tomas después de una buena cena: corto, pero intenso.
—Debería patrocinarte L’Oréal —me dice instantes después, mientras le sirvo una copa de vino.
—¿Por qué? —pregunto con una sonrisa interrogante.
Bebe un sorbo y responde:
—¡Porque tú lo vales! —Y se parte de risa; a punto está de escupir el vino.
Muevo mi pelo castaño hacia un lado, en plan anuncio, y me pide entre risas y chillidos que lo haga otra vez. Showman hasta el final, me pongo en pie sobre la
cama y empiezo a posar con mi mejor mirada penetrante, estilo anuncio de maquinillas de afeitar, moviendo el flequillo y susurrando «Porque yo lo valgo». Nos reímos tanto que pierdo el equilibrio y me desplomo sobre la cama, a su lado.
—Eres tan divertido, Golden —musita cuando dejamos de reírnos.
—A su servicio, señora —contesto, haciendo el gesto de tocarme el ala de un sombrero imaginario.
—En toda la tarde no he pensado en el trabajo ni un segundo —añade seria.
—Ahora mismo estás en mi mundo y lo único que debe preocuparte es el índice orgásmico —y la miro con cara de hombre de negocios.
—¿Qué? ¿Qué diablos es el índice orgásmico?
—Es mi objetivo personal. Mira, por ejemplo, hoy me he marcado la meta de darte, al menos, siete orgasmos. Llevamos cuatro, así que, en mi mundo, todavía
queda mucho trabajo por hacer.
—Vaya, te concentras mucho en tu trabajo. Me gusta eso en un hombre. —Se tumba boca arriba y empieza a masturbarse—. ¿Te echo una mano? —me dice
sonriendo seductoramente.
—¡Quieta ahí! —la riño—. Yo nunca engaño. ¿Qué sentido tiene tener a un hombre como yo al lado si te pones en plan «háztelo tú misma»? Estoy convencido de que alcanzaré mi objetivo, no te preocupes. La noche es joven.
—Tienes razón, ¿en qué estaría pensando? —dice fingiendo indignación—. Pero de todos modos necesito un descanso; casi acabas conmigo. Voy a darme una ducha y a refrescarme, así tienes tiempo de pensar cómo vas a entretenerme esta noche. —Y dicho esto, su culito descarado se aleja, cimbreante, en dirección al baño

21 July 2010

Lo Inefable








Yo muero extrañamente... No me mata la Vida,
no me mata la Muerte, no me mata el Amor;
muero de un pensamiento mudo como una herida.
¿No habéis sentido nunca el extraño dolor
de un pensamiento inmenso que se arraiga en la vida
devorando alma y carne, y no alcanza a dar flor?
¿Nunca llevasteis dentro una estrella dormida
que os abrasaba enteros y no daba fulgor...?
¡Cumbre de los Martirios...! ¡Llevar eternamente,
desgarradora y árida, la trágica simiente
clavada en las entrañas como un diente feroz...!
Pero arrancarla un día en una flor que abriera
milagrosa, inviolable... ¡Ah, más grande no fuera
tener entre las manos la cabeza de Dios!

                                                                         D.Agustini

16 July 2010

las alas






El vuelo ardiente, devorante y único,
Que largo tiempo atormentó los cielos,
Despertó soles, bólidos, tormentas,
Abrillantó los rayos y los astros;
Y la amplitud: tenían
Calor y sombra para todo el Mundo,
Y hasta incubar un más allá pudieron.

Un día, raramente
Desmayada a la tierra,
Yo me adormí en las felpas profundas de este bosque...
Soñé divinas cosas!...
Una sonrisa tuya me despertó, paréceme...
¡Y no siento mis alas!...
¿Mis alas?...
—Yo las vi deshacerse entre mis brazos...
¡Era como un deshielo!

                                                          D.Agustini

voces laudatorias





Hermano: a veces dudo si existes o te sueño;
Coronado de espíritus reinas en la Belleza
Teniendo por vasallos la Vida y el Ensueño,
Y por novia la Gloria que el crepúsculo reza:

«Dios salve de sus ojos los dos largos estíos;
»Y mariposa ebria de sol, su cabellera;
»Y su boca, una rosa fresca sobre los ríos
»Del Fuego y la Armonía; y los vasos de cera
»De sus manos colmadas de rosas de cariño;
»Y su cuerpo sin sombra que reviste un armiño
»De castidad sobre una púrpura de pasión.
»Y, ante todo, Dios salve el rincón de su vida
»Do el Espíritu Santo de su espíritu anida:
»Ante todo, Dios salve en mí su corazón!»

El Ensueño se encierra en su boca sedeña,
El Ensueño no habla ni nada: sueña, sueña...

                                                               D.Agustini